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domingo, 29 de abril de 2012

El Montanismo


El Montanismo fue un movimiento que se produjo en el interior de las comunidades cristianas primitivas, como un esfuerzo para revalidar las realidades pneumáticas y escatológicas de los primeros tiempos de la Iglesia Católica. Se trataba de un «movimiento reavivador», como sería llamado posteriormente. El conocimiento que se tiene de este movimiento se funda en el testimonio de los autores cristianos, como Eusebio de Cesarea, Epifanio, Clemente de Alejandría, Orígenes e Hipólito. De mayor importancia es, sin embargo, una fuente original en los escritos de Tertuliano, que se adhirió al Montanismo al final de su vida.

El origen de este movimiento se puede fijar entre los años 160 y 170 d.C. en Ardabau, Frigia; allí, un hombre llamado Montano se sintió transportado a estados de éxtasis durante los cuales profería advertencias proféticas. Luego se unieron a él dos mujeres, Prisca y Maximila, que también empezaron a profetizar. Montano y sus profetisas anunciaban el final inminente del mundo, ordenando a sus fieles que se reunieran en un lugar determinado para esperar allí el descenso de la Jerusalén celeste. Esta profecía fue acogida rápidamente en distintos estratos de la sociedad, organizándose en comunidades que realizaron una propaganda muy activa entre cristianos y paganos.

El Montanismo, a diferencia de la Gnosis y del Marcionismo, no pretendía anunciar una nueva doctrina sino más bien revalorizar ciertos elementos relativamente olvidados de la doctrina tradicional:
  • La Escatología, que caracterizaba a la doctrina montanista al afirmar que el fin de los tiempos se acercaba y que llegaría en un plazo muy breve, resurgiendo así la espera de la parusía tal como lo habían esperado las primeras generaciones cristianas. El Montanismo insistió en las prácticas ordinarias en la Iglesia de entonces: preparación al martirio, ayuno, xerofagia (abstención de alimentos húmedos), castidad dentro del matrimonio, prohibición de segundas nupcias, negativa a conceder el perdón a un cristiano bautizado incluso en el caso de que hiciera penitencia.
  • El Profetismo. Éste es el verdadero elemento dominante en el montanismo; sus promotores intentaron revivir el Profetismo Cristiano, que apenas existía en la época. No obstante, su concepción del Profetismo difería sustancialmente de la tradición primitiva, puesto que los profetas del Montanismo se consideraban como receptáculos de la divinidad: no eran ellos quienes hablaban, era el Espíritu quien hablaba por su boca. Así, Montano era un nuevo Paráclito que continuaba la revelación contenida en el Evangelio.

El movimiento se difundió rápidamente, y hacia el final del siglo II alcanzó su máxima expansión. En Oriente y especialmente en Asia Menor fue donde logró mayor importancia y donde persistió por más tiempo, subsistiendo hasta fines del siglo IV. También logró gran aceptación en Occidente, aunque más brevemente. Se encuentran rastros de este movimiento en el año 177 d.C. en Lyon, Francia. La Carta de los Mártires de Lyon a las iglesias de Asia y de Roma, por ejemplo, habla de la doctrina de Montano. También se encuentran evidencias de él en Roma y en África, donde, hacia el año 205 d.C., Tertuliano se adhirió oficialmente al movimiento. Posteriormente vuelve a reaparecer un movimiento similar con el Pentecostalismo.

- Fuente: Wikipedia. La enciclopedia libre

sábado, 7 de abril de 2012

El Evangelio de Pedro


El Evangelio de Pedro es un texto apócrifo, que se conoce sólo fragmentariamente, gracias a un manuscrito hallado en Egipto en el invierno de 1.886-87. Escrito en primera persona, el narrador se identifica como Simón Pedro, aunque los estudiosos actuales descartan que pudiera ser efectivamente escrito por el apóstol. Sólo se conserva de este relato la parte correspondiente a la Pasión y Resurrección de Cristo, con importantes diferencias con respecto a la narración de los Evangelios Canónicos. Aunque hay quienes retrotraen su fecha de composición hasta el año 70 d.C., con lo cual sería aproximadamente contemporáneo de los Evangelios Sinópticos, la mayor parte de los investigadores lo sitúan en la primera mitad del siglo II.

La primera referencia a este texto en los escritos del Cristianismo primitivo se encuentra en la "Historia Eclesiástica", de Eusebio de Cesarea, donde se cita una carta que Serapión, obispo de Antioquía entre 190 y 211 d.C., escribe a la comunidad cristiana de Rhossos, en Cilicia (Asia Menor). Del texto se deduce que en la comunidad de Rhossos se utilizaba un «evangelio atribuido a Pedro» y que Serapión consideraba que ciertos pasajes podían alentar la herejía docética, según la cual los padecimientos y la muerte de Cristo, en tanto que Dios, habían sido meramente aparentes, bien porque Jesús fuera enteramente divino y sólo había tomado apariencia humana, bien porque Jesús el hombre y el Cristo divino fueran entidades diferentes, que se habrían juntado en el momento del bautismo en el Jordán, y se habrían separado poco antes de la muerte de Jesús. Serapión niega que el evangelio haya podido ser escrito por el apóstol Pedro, extremo en el que coincide plenamente con los estudiosos actuales.

En el invierno de 1.886-87 fue hallado en el sepulcro de un monje cristiano en Ajmin, antigua Panópolis, en el Alto Egipto, un libro de pergamino de 66 páginas, datado alrededor del siglo VIII, que contiene fragmentos de varios textos apócrifos, entre los cuales se encuentra una copia fragmentaria del Evangelio de Pedro, en griego. El fragmento conservado es la narración del Juicio, Crucifixión y Resurrección de Jesús. No es posible saber si el Evangelio de Pedro original era o no más extenso que el fragmento que actualmente se conserva, pero el hecho es que comienza en mitad de una escena. Comienza así "...pero de entre los judíos nadie se lavó las manos, ni Herodes ni ninguno de sus jueces...", lo que implica una referencia anterior al conocido pasaje evangélico en que Pilatos se lava simbólicamente las manos (Mateo 27:24)  .

Con posterioridad al hallazgo del Manuscrito de Ajmin, se han encontrado tres breves fragmentos correspondientes a este evangelio. Uno de ellos procede aparentemente de una copia del siglo II, o principios del siglo III, y contiene la escena en que José de Arimatea solicita el cuerpo de Jesús para darle sepultura (versículos 23 y 24 del manuscrito de Ajmin). Los otros dos (muy breves) parecen referirse a conversaciones entre Jesús y Pedro, narradas en primera persona por este último. No se corresponden con el Manuscrito de Ajmin, y se discute si formaban o no parte del Evangelio de Pedro.

El relato de la Pasión de Cristo presenta importantes diferencias con respecto a los Evangelios Canónicos. Por una parte es Herodes, no Pilatos, el que ordena la ejecución de Jesús, y tanto el monarca como los jueces, incluyendo a todos los judíos, se niegan a declararse inocentes de la sangre de Jesús. En el relato de la Crucifixión se encuentran frases que pueden ser interpretadas desde el punto de vista del docetismo, como cuando se dice: "...mas él callaba como si no sintiera dolor alguno...", o, cuando, en el momento inmediatamente anterior a la muerte, Jesús grita: "¡Fuerza mía, fuerza mía, tú me has abandonado!", en lugar de "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Marcos 15:34).

Evangelio de Pedro
Tras la muerte de Jesús, el relato contínúa describiendo su sepultura por José de Arimatea. Cuenta en primera persona la aflicción de los discípulos. Como ocurre en el Evangelio de Mateo, los sacerdotes hebreos piden a Pilatos soldados para que vigilen la tumba. Indica detalles sobre estos soldados, como que el centurión se llamaba Petronio. La diferencia más importante con los Evangelios Canónicos, sin embargo, es que se relata la Resurrección de Jesús, de la que son testigos directos los guardias romanos y otras muchas personas que se habían congregado allí. Durante la noche, se escuchó «una gran voz en el cielo», se abrieron los cielos y bajaron de ellos dos varones en medio de un gran resplandor. La piedra que cerraba el sepulcro se retiró a un lado, y los dos varones entraron en él. Los guardias fueron a despertar a su centurión y cuando le estaban explicando lo que acababan de ver, ven salir del sepulcro a tres hombres, «dos de los cuales servían de apoyo a un tercero, y una cruz que iba en pos de ellos». Los tres son de gigantesca estatura. Se escucha una voz proveniente de los cielos, que pregunta: "¿Has predicado a los que duermen?" Y la cruz responde: "Sí".

Los testigos del acontecimiento relatan lo ocurrido a Pilatos, quien reitera la culpabilidad de los judíos. Estos le suplican que se guarde silencio sobre lo ocurrido, lo que el gobernador consiente. Al día siguiente, María Magdalena llegó al sepulcro, lo encontró vacío, con un joven vestido de blanco sentado sobre la sepultura, en un relato que tiene su paralelo en Mateo 28:1-8, aunque existen algunas diferencias entre las dos versiones. El manuscrito termina en medio de un relato que seguramente describía la aparición de Jesús a sus discípulos, en el versículo 60: "Yo, Simón Pedro, por mi parte, y Andrés, mi hermano, tomamos nuestras redes y nos dirigimos al mar, yendo en nuestra compañía Leví el de Alfeo, a quien el Señor...").

La mayor parte de los autores establece que este evangelio fue redactado hacia el año 150 d.C. Es con bastante seguridad posterior a los Evangelios Canónicos (finales del siglo I), y debió ser compuesto antes de la época de Serapión, quien lo menciona a comienzos del siglo III. Por otra parte, su antijudaísmo se relaciona con puntos de vista que se desarrollaron en círculos cristianos en el siglo II. Hay bastante coincidencia entre los estudiosos en pensar que el autor del Evangelio de Pedro conoció y utilizó como fuentes los Evangelios Sinópticos.

Es difícil extraer conclusiones sobre en qué comunidades (dejando aparte la de Rhossos, en Cilicia, mencionada en la carta de Serapión) se utilizó el Evangelio de Pedro. Sin embargo, Ehrman destaca que desde 1.880 se han encontrado tres manuscritos de los siglos II y III correspondientes a este evangelio, en tanto que sólo se ha hallado uno del Evangelio Canónico de Marcos. El hallazgo en 1.904 de un ostrakon o pieza de cerámica, del siglo VI o VII, en que se identifica a Pedro como evangelista, parece también un argumento a favor de una extensa difusión del Evangelio de Pedro.

- Fuente: Wikipedia. La enciclopedia libre