martes, 12 de junio de 2012

¿Cómo surgió la Escritura?


La mayoría de las personas más o menos cultas darían una respuesta rápida y sencilla a esta pregunta. La escritura, dirían, nació en la antigua Mesopotamia, y en concreto en el seno de la cultura sumeria, tres o cuatro mil años antes de Cristo. Y lo hizo como resultado de la necesidad que tenían los sacerdotes de llevar un preciso registro de cuántas mercancías entraban y salían de los graneros y almacenes de los templos que administraban en nombre de la divinidad.

Los más instruidos, o dueños de conocimientos históricos más vastos, añadirían, quizás, que esas primeras manifestaciones de la escritura se denominan cuneiformes en alusión al aspecto de cuña que presentan sus signos, grabados con un punzón de sección triangular sobre tiernas tablillas de arcilla sin cocer. Posteriormente, concluirían, la escritura se extendió a Egipto, donde adoptó la forma de los célebres jeroglíficos, en su origen también pictogramas o dibujos que representaban seres y objetos, para figurar después también acciones y estados y convertirse más tarde en una escritura fonética.

En otros lugares, como la Creta minóica, China, la India o Mesoamérica, la escritura habría seguido una evolución similar, también ligada de forma inexorable al incremento significativo del volumen de los excedentes agrarios y, desde luego, al nacimiento del Estado.

Esta teoría parece lógica y convincente, porque resulta coherente con lo que hemos visto hasta ahora. Casi todo lo que el hombre inventó después de abandonar por la fuerza su cómoda y milenaria existencia como cazador-recolector para encorvar día tras día su espalda sobre los caprichosos campos de labor lo hizo por necesidad, y esta necesidad en concreto, la de escribir, no pudo surgir antes. Los clanes nómadas apenas poseían nada duradero que guardar y menos aún nada de lo que llevar cuentas. Los animales, las raíces y las bayas de que se alimentaban estaban ahí; se consumían o no, pero no podían guardarse en graneros, así qué ¿para qué contarlos y registrar el resultado?

Se objetará que aquellos pueblos primitivos no tenían, es cierto, nada que contabilizar, pero sí, desde luego, mucho que contarse, y esas historias podían haber propiciado la invención de la escritura. No obstante, vivían en grupos pequeños, de modo que les bastaba con el lenguaje oral para trasmitirse entre ellos lo que quisieran, y también entre su generación y la siguiente. Los mitos, las leyendas y las sagas, nunca escritas, pero nunca olvidadas, cumplían con creces esa misión. Y si algo debía hacerse presente de otro modo, más visual, para que todos los integrantes del grupo pudieran contemplarlo o reunirse en torno a ello, simplemente se pintaba o grababa sobre las inmutables paredes de las cuevas.

Los pueblos de cazadores y recolectores, en suma, no necesitaban la escritura; y tampoco requerían de ella los primeros agricultores y ganaderos, cuyos excedentes eran tan escasos que carecía de sentido registrar su volumen. Son, en suma, las primeras civilizaciones estatales las que pueden con todo derecho reclamar la autoría de los primeros signos merecedores del nombre de escritura.

Sin embargo, no han faltado descubrimientos que han puesto en tela de juicio tan contundente afirmación. Ya desde hace mucho tiempo se tiene constancia de la existencia de signos de carácter posiblemente simbólico muy anteriores a la escritura sumeria. Sabemos, por ejemplo, que la llamada cultura Vinča, un pueblo de agricultores y ganaderos que habitó en los territorios del sureste de Europa entre el séptimo y el sexto milenio a.C., produjo ya caracteres que podrían considerarse pictogramas. Y no hace mucho, en 2.005, se hallaron en la provincia china de Henan signos de carácter geométrico grabados sobre caparazones de tortuga que fueron datados también en época neolítica, hacia el sexto milenio a.C. aproximadamente.

Como era de esperar, los defensores de la teoría tradicional han descartado que estos hallazgos puedan considerarse una verdadera escritura. En su opinión, no irían más allá de una suerte de protoescritura más cercana al arte que a la escritura misma. Pero ¿acaso resulta tan fácil de deslindar la frontera entre una y otra manifestación del espíritu humano? ¿Qué decir, entonces, de los signos grabados por el hombre primitivo en las paredes de las cuevas que le servían de hogar? ¿Resultaría entonces también disparatado afirmar que esas primeras manifestaciones artísticas del hombre fueron algo más que arte? ¿No podríamos, en realidad, encontrarnos ante el primer lenguaje escrito de la humanidad?

Aunque parezca sorprendente, es lo que sostiene la más moderna teoría sobre el origen de la escritura, formulada por el paleontólogo italiano Emmanuel Anati a comienzos de la década de 1.990. Después de estudiar y registrar más de veinte millones de signos grabados en las paredes de las cuevas de todo el mundo, llegó a la conclusión de que resultaba posible ver en ellos más que simples dibujos. Bien al contrario, además de pictogramas que representaban objetos, personas y animales, había también ideogramas, que hacían alusión a conceptos como la fecundidad o la caza, e incluso psicodramas, que figuraban estados de ánimo, nada distinto o inferior, pues, a los primeros signos de la escritura sumeria o egipcia.

Jeroglíficos
De ser así, tendríamos que adelantar bastante el origen de la escritura. Ya no hablaríamos de cinco milenios, sino de cuarenta, pues los primeros signos grabados en las paredes de las cuevas, que se encuentran en Tanzania, en el sureste del continente africano, datan de unos cuarenta mil años antes del presente. Y, sobre todo, no serviría la explicación tradicional que vincula excedente, Estado y escritura.

El hombre quizás inventó la escritura por necesidad, sí, pero no se trató de una necesidad económica, sino espiritual, la arraigada y muy humana necesidad de comunicarse. Algo que ya defendiera hace mucho tiempo el prestigioso lingüista Noam Chomsky al afirmar que todos los seres humanos llevan impresa en su mente los rudimentos de una gramática universal que la relación con los adultos tan sólo despierta. ¿Acaso no poseía esos rudimentos el cerebro del hombre de Neandertal y por ello no produjo su cultura ningún tipo de símbolo en las paredes de las cuevas?

La respuesta es compleja y aún está en el aire. Es posible que un estudio sistemático del arte parietal del Paleolítico Superior, que está aún lejos de completarse, nos permita alcanzar el consenso. Mientras, la explicación tradicional sigue siendo la más convincente. ¿O no?

4 comentarios:

  1. esto es muy util para nuestros estudios ...............gracias

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  2. Muy bueno Edgar. Muy bueno el tema y la forma en que lo has presentado. Estoy documentandome para debatir algunas viejas creencias de occidente, como la evolucionista que sitúa el mayor conocimiento al que ha llegado la humanidad en la actualidad y conforme se va adentrando en el pasado hay mayor ignorancia.

    Gracias, me servirá de mucho esta información.

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  3. 08/15/2013 Saludos Sr. Galíndez: Pido su permiso para llevar esta información al salón de español de mi nieta que esta en sexto grado. Por favor, si me da el permiso indiqueme como lo debo de citar.

    Muchas gracias, espero su pronta respuesta. Carmen H. Fernández Fernández, Carolina, Puerto Rico

    P.D. En la biblioteca de la escuela le dieron la información de esta página y no la citaron la pusieron como de ellos: http://www.neartv.com/producto.php?id_producto=95&id_titular=95&nombre_categoria=%C2%BFCOMO%20NACIO%20LA%20ESCRITURA

    Y despues quieren que los estudiantes no cometan plagio y ellos que son profesionales lo hacen descaradamente.

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